Aunque suene delirante, yo quiero ser tu princesa encantada, y deseo que tú seas el príncipe que acariciándome el rostro rompa el hechizo que se apodera de mis manos, de mis ojos, de mi pelo, de mi piel, y de mis pensamientos. Me miro en el espejo, y mis ojos apáticos no expresan ni tan sola una emoción. Entre tanto, a medida que se despereza la mañana y se eleva al punto más culmen del arrebato, se repite en mis pensamientos una y otra vez aquel deseo loco: «Regresa que te espero, reina de tus sueños». Búscame allí, adonde nace el sol, en donde se cruza el esplendor de su luz y de tu tierna sonrisa que me guía hasta la eternidad. En el castillo que sólo tú y yo conocemos, en donde roza nuestro afecto con la pasión de las nubes y el cielo. A pesar de que puede sonar por completo soñador, prefiero que la dicha se vuelva chiflada, a que la tristeza se convierta consorte de mi vida. De este modo, los dos nos conjuramos hasta la eternidad Reyes de nuestro afecto apasionado.