¿Quién puede negarse a lo apasionante que supone vivir con pleno deseo en disfrutar de la familia, los amigos, los ratitos de ocio, las horas de la playa y de la piscina, los paseos de media tarde acompañado; así también los menos intensos, y que la propia vida pone en nuestras manos?
¿Quién puede negarse a darse cuenta del valor que tiene vivir y compartir la vida de modo desinteresado, más que el propio interés de querer a quién se quiere?
¿Quién puede negarse a no sentirse agraciado con las experiencias vividas, y las que a buen seguro dará hoy, mañana, pasado y siempre la vida?
¿Quién puede negarse a no salir de su mundo interior, cuando éste sólo crea aislamiento, soledad, angustia…?
¿Quién puede negarse a no sentir la pasión de la vida?

De uno mismo depende ponerle toda la ilusión, la chispa, la emoción y el sentimiento a lo que experimentamos y tumbar cualquier atisbo de aislamiento.
De uno mismo depende que la intensidad de lo que acontece, sea en mayor o menor medida emocionante; no hay nada, ni nadie, que tenga la fuerza suficiente como para coaccionarte a dejarte llevar por la desgana y la desidia.

No hay que negarse a disfrutar aun cuando se cree que la vida no vale la pena; “Lo dices con una boca tan chiquita, que ni siquiera te salen las palabras”…

¿Quién puede negarse a no vivir apasionadamente cada segundo de la vida, cuando la vida está más que viva?

Vivir con pasión, ilusión, alegría es apasionante. Un reto en cada ocasión que al acontecer será vivido con toda la pasión de sentirnos vivos.