Para nada me arrepiento de haber pecado, porque si no hubiera intentado haber hecho lo que hice, jamás hubiera habido nadie que hubiera dicho que metí la pata. Aunque todo está sujeto a la visión e interpretación de cada uno, yo, confieso que no me arrepiento de pecar.

Sin faltar ni dañar a nadie, sin ser y sentir de mentira, sin hablar y soñar por hablar y soñar, sin pensar y manifestarme tal como soy es lo que realmente no puede ser un pecado. Para mí, un pecado es hacer todo lo contrario; faltar, dañar, ser y sentir, hablar y soñar, pensar y manifestarme contraria a lo que siento y pienso, y no sólo por pecar, sino porque el alma se enferma de irrealidades, y las irrealidades no aportan nada positivo.

Puede que parezca insensible e ignorante, pero para nada me arrepiento de ser pecadora empedernida. Eso sí, por cualquier cuestión que pudiera ocurrir, si puede ser tu voluntad, absuélveme de aquello en que no fui buena pecadora.