Aquí me ves, apeándome del lecho que anoche cobijó mi alma con la tuya, desnuda por tanta ternura imprevista. Con el cuerpo y la mente descansada, después de haber encajado abrazada a ti una gratificante paliza en el ring de los sueños, me incorporo de nuevo al pugilato que comienza a la aurora. Ahora, un sólo pensamiento planea por mi cabeza: «No doblegaré los brazos. En esta ocasión, seré yo quien gane este asalto liberándome del golpe directo de la apatía, y del Crochet del miedo que me impide prosperar». En este periodo vital, sólo ambiciono conquistar el éxito de las mil razones que poseo para vivir al máximo rendimiento cada ocasión que la vida pone en mis manos. Más que tus «golpes»; tus caricias y tu afecto, se han colado en mi corazón, y por ellos, voy a perseverar en este combate hasta el final de los tiempos. ¿Te subes al cuadrilátero para arroparnos en la pugna a la vez los dos?