Cada día me vuelvo hacer la misma pregunta, y cada día me vuelvo a contestar lo mismo: ¿Será mañana demasiado tarde para pedir disculpas, para sonreír, para amar? ¿Será realmente mañana demasiado tarde para creer, para intentarlo, para aprender, para rectificar, para viajar y para manifestar lo que me conmueve?

Es difícil renunciar a tu presencia. Me Hiere al ver que la tarea que me ocupa es resignarme a tus fascinantes horas de charla, de retos, de secretos, de aprendizaje, de equivocaciones, de conocer lugares nuevos, y también, de no poder decirte cuanto te quiero.

            Sólo restan dos opciones ante tantas reflexiones: Persuadir la manera en la que se expresa el estado de ánimo para que se expresar como a mí me gustaría, o bien rectificar las formas en las que me relaciono contigo para que fluya de nuevo el afecto entre tú y yo. Por lo tanto descubro la clave: «reír y no amargar». Me consta que detrás de la pesadumbre por lo vivido se  avecinan experiencias extraordinarias.

            Por si fuera mañana demasiado tarde para hacer examen de consciencia, he decidido indagar siempre lo que necesite por aquellas experiencias que remueven mi interior. Será entonces al no posponer lo que presagio cuando hallaré la respuesta de tantas preguntas que siempre formulé. Desde entonces no habrá mañana para emprender contigo lo que sacude mi alma.