Cuántas noches he pasado mirando sola el cielo, mientras pensaba en ti. A veces, acompañada de un firmamento ardiente de estrellas, y otras tantas veces, en la más gélida soledad. Siempre le repetí insistentemente a los astros el mismo deseo: -«Acuérdate un día de esta pobre mortal, y concédeme el gozo de achucharle, de volver a percibir su aroma a flores, a conocer cada uno de los hechos que le producen inquietud al corazón, y también, a tener el conocimiento de cuantas alegrías le hacen vibrar las entrañas de felicidad.

Afortunadamente, hasta la fecha de hoy es hasta cuando sostengo el presentimiento érroneo de no volver a verte, de no contar de nuevo con la posibilidad de contemplar a cada uno de tus gestos siempre afectuosos, y también, a equivocarme cuando sentía que no apreciaría nunca más el sosiego de tus palabras, y el calor de tus abrazos. Me equivoqué. ¡El cosmos me escuchó! ¡Siempre tuve la impresión de hablar sola, y hasta el mismo lucero del alba se mantuvo imperturbable e incandescente junto a mi! En este momento, sólo anhelo que el destino no te reclame, y vuelvas a marcharte de puntillas y en silencio. Concédeme la oportunidad de viajar contigo en las noches estrelladas, y compartamos las mañanas resplandecientes de secretos y sonrisas de aquellas que hacen vibrar cada parte de nuestras entrañas.

Ahora miro al cielo, y me doy cuenta que siempre estas a mi lado, mientras el universo emocionado nos mira enternecido.