Caminando entre las miradas notas que los ojos lo dicen todo, y lo dice ésa mirada que de ninguna manera, por más esfuerzo ó artimaña que se te pase por la cabeza para que no suceda lo que está pensando, no tendrá éxito, porque los ojos te dejarán al descubierto.

Miradas delatoras. Expresivas, y transparentes fuentes de comunicación que sin lugar a dudas son las mejores confesoras desde el silencio, y de las escasas palabras que se manifiestan cuando no hay ningún tipo de conversación. Cuando no hay nada que decir, las miradas se reflejan al alma. Hábilmente se apoderan de la habitación, del sofá, de la radio, el periódico, así del interior personal.
Decididas y envalentonadas, de un modo silencioso y sigiloso sobre lo que realmente se siente y piensa, junto al brillo personificado del duende que nos acompaña, y que permanece protegido en las trincheras del interior, la empatía de los caminos de la mirada se envalentonan cómplices entre ellas, cuando percibimos gestos y guiños de cualquier interrelación personal y del ámbito social.

Con todo el significado y toda la carga emotiva que llevan consigo las miradas cuando alguna emoción impregna los sentidos y las emociones. Sin mentiras ni medias verdades, sin apariencias que distraigan a la verdad de lo que pasa por la cabeza, las miradas nos descubren los caminos por los que relacionarnos con los demás, y mientras otras veces nos dejan al descubierto, y nos delatan, aún cuando no querríamos eso ocurriese, es un privilegio poder mirarnos a los ojos y hablarnos sin palabras.

Y es que, no solamente los ojos dicen lo guapos que somos, y muestran la belleza personal que desprende el color de los mismos; sino que, la verdadera belleza radica en lo que desprende el corazón, y que se hace evidente a través de ellos; en la veracidad del refrán y sobre el cual los más sabios hacen uso, y se fijan cuando lo dicen. -“La mirada, es el reflejo del alma“-

Los caminos de las miradas dicen mucho de cada uno, y se traducen en el mejor aliado, la más poderosa arma seductora y conquistadora, para la interrelación con los demás.
Pudiendo ser ésta, la pieza perfecta para crear melodías, poesías e increíbles historias…

Con la habilidad para fulminar de pasión, de complicidad, de alegrías, de sorpresas. También lo hacen cuando evidencian enfado, desconsuelo, pena, aburrimiento, miedo… Sin obligaciones ni luchas internas por demostrar lo que se cuela por el interior de los ojos. No hay ninguna mirada indiscreta o maliciosa que pueda fulminar a ése duende que nos hace únicos, y por tanto, nos diferencia del resto; evidenciando así pues, nuestra forma de ser; traviesos, soñadores, trotamundos, parlanchines, aventureros… Sin decir ni mu, las miradas, ayudan a que nos compenetremos con los demás.
Sin gestos, y sin que hayan una pizca de ganas de hablar nada y de nada, los ojos y las miradas acercan la empatía con quienes están en idéntico trance de miradas perdidas, pensamientos absortos y cavilaciones que despiertan a los miedos e inseguridad sobre el momento que se vive, conmoviendose e impacientandose unos y otros.

Miradas que duplican la sensibilidad y la verdad de lo que nos pasa por dentro, cuando nos encontramos en la sala de espera de algún centro asistencial, de gabinetes sociales… La atención del alma y del cuerpo, durante momentos límites e inestables que vivimos, y por lo que buscamos desde la necesidad de sentirnos acompañados, miradas cómplices y de tranquilidad. Con la justa empatía por la que abstraerse de situaciones límites o tensas por la que atravesamos durante largos periodos de tiempo, convertidos en interminables segundos de incertidumbre y desesperación.

Al límite de las fuerzas y la fe, son en estas situaciones cuando las emociones dan un salto mortal, y con la mirada más transparente que jamás hayas tenido, sientes como la de los demás se exponen sinceras a las tuyas; sin miedos e inseguridades, tras un sencillo parpadeo o una tímida caída de ojos, con el único deseo de encontrar la complicidad y comprensión del sosiego a lo que vivimos, nos engrandecerá como personas, en vez de parecer que somos torpes o desgraciados.

Contraproducente y poco enriquecedor si escondemos lo que se mueve por el interior; porque por más empecinamiento, las lágrimas brotan irrefrenablemente con el lado más intrínseco del ser humano cuando el corazón siente emociones de alegría, de impotencia, de miedo, de enfado, de desconsuelo, de sorpresa, de emoción… Y nos engrandece, dejando que veamos el camino de la vida con más luz, y más verdad. Serenos con lo que nos ha tocado vivir.
Sin esconder y delatando esa falsa sinceridad o la hipocresía de cuando aparentabas normalidad.

La mirada de un niño, limpia, vivaz, sencilla; refleja las mismas del rango de cualquier adulto.

Disfrute y vida plena, en pureza y libertad, con la serenidad de ser seres creados para el infinito, y que nos delata con la fuerza de la vida, y de las miradas propias de las gentes que se acercan ó están en el perímetro de nuestros día a día, reconfortando al infinito.

Sin poder esconder jamás, de ningún modo y de ninguna manera lo que guardan las miradas. Siempre, con la serenidad y la certeza de seres adultos, en la piel de jóvenes que desean la eterna complicidad y empatía con los demás, ven plasmados en los ojos ese pleno deseo de escoger el camino apropiado.

El lenguaje de los ojos y las miradas, nos delatan siempre que la vista encuentra otra mirada amiga para elegir el camino de la vida a seguir.

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