El cielo se viste de amarillo, el aire aunque tímido se cuela en el cuerpo y hiela. Tú avanzas, con el rumbo de tus pies fijo en tu destino entre tanto alzas la vista al cielo. ¡Cuánta belleza surge del universo! Piensas en que no puedes perderte este espectáculo a la vez que te consideras dichoso. Una vez más inclinas la cabeza, contento y estremecido por contemplar nuevamente el brillo del amanecer, la luz de la vida, y el motor del mundo. Una vez más vuelves a sentir que te traslada al infinito el aire gélido, y el color cálido del firmamento.

El cielo vuelve a vestirse solemne, y tú dichoso gozas de ese instante.