Allá, al fin del universo. Del mismo modo que los planetas miran y rebuscan los momentos más extraordinarios que viven con las estrellas, te contemplo, mientras reavivo nuestros recuerdos, supervivientes los dos de la vida. Tú y yo, gozamos situaciones tan apasionantes que no permitiré que configuren parte del olvido: tus carreras yendo a comprar el pan, tus palabras tiernas al intuir mí melancolía, tus ratos de siesta en los que ahora mi vulnerabilidad es tuya, y tu maestría de mago para revelarme tu estado afectivo. También resurgen, las veces que te ríes de los problemas más sórdidos, la fidelidad que guardas a los amigos, tu afecto siempre sincero, y el dulce recuerdo que desprendes por un ser querido. Es tan brutal la ternura que originas en mis entrañas, que será imperdonable no tomar consciencia de la riqueza que poseo al estar cerca de ti. Ahora te miro, y compruebo que tú también tienes la necesidad de mirar y rebuscar los momentos más extraordinarios que los dos compartimos un día. Sin diferencias. Unidos por nuestros sentimientos. Allá, al fin del universo, complacidos por la vida, se mantiene eterno el brillo de nuestra historia. Cómplices de nosotros mismos. Siempre, supervivientes los dos de la vida.