¿Quién dice que no sabemos olvidar lo que nos hace o ha hecho daño?
Sabemos arrancar de lo más profundo del corazón, ese dardo que por algún incierto motivo de modo malévolo, hizo que se clavara ahí; dejando una huella para toda la vida. Una herida que hemos sabido con mimo, curar, y hacer que no se note cuando otros miran justo ahí. Atraídos por el reflejo que destella de la misma herida.

Parece es imposible que podamos olvidar cuántas heridas nos dejan su marca. Y ciertamente sorprende, sin embargo, la razón de los sentimientos no entiende de razón, y tiene una memoria de pez, lo olvida todo, y pasa como si nada hubiera pasado. Sin recordar la dimensión de aquel arduo dolor, recomenzamos y seguimos andurreando; igual de alegres y cariñosos que antes de la herida.

Sabemos olvidar, sin lugar a dudas. Las heridas son recuerdos de una época que fuimos capaces de salir victoriosos, engrandecido el corazón, y por lo que sabemos podemos volver a sembrar momentos felices, y que tanto suponen para nuestras vidas.

Como la vida misma, heridos y curados. Recuerdos de vivencias que no dejan sino una pequeña estela de su paso por nuestros corazones.